Publicidad:
La Coctelera
0

En lo cual me quejo

Estimado Señor,

Hace dos semanas, compré de su compañía (por la cual siempre he tenido un respecto total) un videojuego que me parecía alucinante: Guitarra Héroe III. Aunque sea en este momento estudiante universitaria, mi carrera real es hacerme música, así que escogí su juego con la intención de aprovecharme de todo lo que me ofreciera. Fíjanse de mi desilusión cuando, semanas después, me di cuenta de que el propósito de su producto me había engañado, y que el sueño que parecía Guitarra Héroe III fuera falso.

¿Cómo quiere Ud. que aprende tocar la guitarra con el diseño bruto de tu producto? Primero, le recuerdo que la guitarra es un instrumento de cuerdas. Aunque sus cinco botones de colores vivos me encanten en cuanto al aspecto estético, parece que mi estilo animado y mis resultados perfectos cuando toco “Freebird” no pertenezcan a la orquestación de mi grupo de rock cuando practiquemos en mi garaje. Además, en todos los niveles de Guitarra Héreo, no hay ninguna canción en español, lo cual es una lastima y no poco chocante cuando considere la influencia enorme de la música española en los EE.UU. No hay duda de que si tuviera mis canciones favoritas con que practicar, ya sería música profesional.

Creo que es muy injusto que venda este producto sin explicar su carácter real. Por eso, quiero que me reembolse los 118 dólares que pagué para su juego engañador. Igualmente, exijo que añada canciones del mundo hispanohablante a la próxima versión de Guitarra Héroe. Si quiere que ofrezca sugerencias concretas, tengo muchas, empezando por algunas melodías inolvidables de Juanes, Alaska y Dinarama, y Celia Cruz. Por favor, antes de que se ponga en líos otra vez, pida mi ayuda. Estoy dispuesta a ayudarle.

Esperando su respuesta, sinceramente,

Katerina María García López

0

¿A quién le importa lo que comamos?

A Middlebury College no podemos aburrirnos porque no tenemos el rato libre en que este fenómeno sea posible. Un tal programa puede asustar a los estudiantes a quienes les falta el coraje necesario, pero me conviene de maravilla esta vida de alto riesgo.

Me cae bien la gente fuerte e imparable que trabajan y que estudian aquí porque me fascinan sus historias personales: sus aventuras en las selvas gramaticales, sus madrugadas peleándose solo contra las artimañas del subjuntivo, y su determinación frente a la ortografía. Escuchar sus cuentos, de dormir en el sofá de un estudiante desconocido en la Republica Dominicana o de salir por la noche en un bario de tango de Buenos Aires, me da ganas de seguir a estes modelos y de irme pronto del país. Me encanta que estar en Middlebury me anime a buscar nuevas oportunidades para explorar las cimas vocabularianas y para desarrollar los detalles intricados y no poco peligrosos de la pronunciación.

-Pues, ¿nada aquí le molesta?- se están preguntando mis lectores- ¿Ni la luz tenue y la comida blanda de Proctor ni la humedad monstruosa que hace? ¡A mí me dan asco!- Claro. No puedo negar que a veces la iluminación de conocimiento puro no sea suficiente para distraerme del calor que me disgusta, ni de los mosquitos que me molestan cada vez que me siento afuera para memorizar unas conjugaciones con la ayuda de una vista hermosa. Sin embargo, cuando me preocupe la falta de semanas que nos quedan, la raíz de mi angustia no se halla en estes enemigos sino en el miedo que el mundo anglohablante no me reclame antes de que esté lista.

A los otros aventureros lingüísticos a quienes les asustan igualmente el regreso final, sugiero que disfruten lo más posible de nuestras últimas semanas. Que salgan a cada fiesta, que bailan en la hierba con las voces de Juanes o de Calle 13 surgiendo de sus ipods, y que resuelvan la lucha entre el pretérito y el imperfecto con una diplomacia sutil. Por fin, les aconsejo aprovéchense de la creatividad, del humor y de la ambición que florecen a Middlebury para desarrollar ideas nuevas sobre sus propios futuros.

0

Objeto A: Carta de amor

Querido,


Yo sé que todavía estás enojado conmigo. Además, sé que merezco tu desconfianza—o por lo menos que la he merecido. ¿Pero, no crees que debamos olvidarnos del pasado? Hoy hace un año que no te veo, y me siento más sola que nunca, como si no puedo ver claramente lo que pasa alrededor, como si mis sentidos deterioran y en el vacío que sigue no se quedará más que la imagen de ti.

¿Sabes cómo pareciste eso último día? Tuviste gotas de lluvia en tu pelo despelucado, y un ceño guapo de diablo que no te quitó durante tres horas o más. Nunca podías reconocer que en tus peores humores me parecías a la cumbre de tu fuerza—no a causa de tu hábito siempre de andar bruscamente de un lado para otro sino de los pensamientos constantes y profundos que veía en tus ojos, abajo de tu discurso lógico y atrás del humo de tu cigarrillo. Estabas harto de todo pero obstinadamente paciente, como si esperar te mataba minuto tras minuto y que te lo peleaba encerrado en un abrazo fatal, mirando la muerte a la cara. Me pareciste un marinero del mundo antiguo deteriorado y cicatrizado, siguiendo adelante en busca de nuevos mundos. Aun ahora tu coraje me apena hasta llorar. Si había sabido lo que pasara después…

Efectivamente, me imagino tus preguntas, o peor, tu silencio sobre lo que pasó eso día y me pongo fría. Tengo un sueño noche tras noche en lo cual me miras sin hablar y me despierto temblanda. Si tan sólo una vez pudiera me despertar y me encontrar en tus brazos, creo que tu calidez, tu presencia misma, me curarían de estas alucinaciones y de este temor.

En este momento, sin embargo, mientras las estrellas salen lentamente del cielo, un silencio casi completo inunda los espacios entre los edificios con sombras ligeras en cuyos centros bailan reflejos de los meses que estábamos juntos, y me vuelvo casi feliz. Casi entiendo tu voz a través la respiración de la noche… o que sea quizás el murmullo profundo de agua de tu risa. Me te imagino no más lejos de mí que la extensión de mi brazo, un juego de palabras ya listo entre tus labios, áspero y agudo pero cariñoso, algo que sólo entenderíamos nos dos.

No hay otra manera de decirlo. Te quiero. Te quiero con una pasión que me asusta, y de que no quisiera nunca estar libre. Vuelve a mí. Todavía tenemos tiempo. Todavía no ha amanecido.

Sabes donde encontrarme, mi amor.

0

Entre ficción y realidad



-Mira, mira, cómo está lloviendo-.

-Sí, m’hija, ya lo veo-.

-Cuéntame una historia, mamá-.

-Pues, cielo… ¿Sabes donde está Francia?-

-Muy lejos-.

-Claro, muy lejos. Bueno, cuando tenía veinte años, deje para una ciudad muy famosa en Francia, que se llama París. Allí, ¿crees que se habla español?-

-¡No!-

-No, tienes razón—se habla francés, y mientras que estudiaba en París, hablaba francés cada día de sol a sol. Un día daba un paseo con dos amigas en un jardín hermosísimo que se llama las Tuileries, a la puesta del sol. Había un tiempo dulce de primavera: un viento suave jugaba en las hojas de los árboles y las nubes se ponían lentamente rosadas, doradas, y moradas en un cielo espacioso. ¿Y qué piensas que vi en ese jardín?-

-Un búho-.

-No, no un búho— ¡pero un príncipe! Un príncipe disfrazado de gran oso rosado-.

-Los osos no son rosados-.

-Pero fue así, el disfraz del príncipe. Llevaba una espada y un escudo que habían hecho sus amigos de monedas para protegerlo. Estos amigos leales habían seguido su príncipe en su búsqueda, y estaban alrededor de él en el jardín, teniendo sus armas e instrumentos musicales-.

-¿Dónde estaba la princesa?-

-Eres muy lista. Escucha lo que me dijo el príncipe: «Mi princesa está cerrada en una torre muy alta —declaró— y debo rescatarla. Pero antes de que pueda intentar su rescate, debo aprender a bailar, porque no podré ganar el corazón de la princesa si no sé bailar. ¿Podrías bailar conmigo para que aprenda?»-

-¿Bailaste con un príncipe? ¿De veras?-

-Sí, bailé. Bailamos un vals y le mostré los pasos en la grava blanca del jardín, mientras que el sol se bajaba y que sus amigos tocaban música por su radio-.

-Dijiste que tenían instrumentos musicales-.

-¿No crees que un príncipe tendría una radio? Es la verdad. Algún día te mostraré una foto-.

-¿Ahora?

-No. Mira. Ha dejado de llover.

0

Un amigo raro



Tengo un amigo muy peculiar. A primera vista, supe que era una persona rara—o mejor dicho, extraordinaria—y distinta de todos mis otros amigos. Recuerdo bien el día cuando nos conocimos. Estaba sentada en las escaleras delante de la biblioteca de la universidad con dos amigos, tomando el sol antes de ir a nuestra última clase del día.

Como de costumbre, Shima llevaba una camiseta negra sin mangas y casi veinte brazaletes de los mismos teñidos verdes y morados de su pelo, y estaba practicando su nueva sonata para piano en el escalón inmediatamente arriba. De pronto, levantó la vista-. ¿Quién es, viniendo con Julia? ¡Miran!- Nos volvimos a mirar, el pelo parado de Tim proyectando una sombra rota a través de las escaleras-. ¡Qué raro! -murmuró Tim.

El nuevo nos pareció cursi y malcriado. La cara llena de inquietud, Shima tiró ligeramente a sus cinco aretes-. ¡Eso no se puede llevar en una institución educacional! - cuchicheó con urgencia-. ¡Es sorprendente que parezca tan cómoda!-

Estuve de acuerdo. El chico caminando al lado de Julia llevaba el pelo cortado de manera arreglada. Llevaba ropa lisa de colores pálidos y sin vida. No tenía ni arete de ceja, ni gafas llamativas, ni tatuaje visible-. A menos que sea un poco pelirrojo —dijo Tim en voz baja— pero recomendaría que teña su pelo. ¡Es casi todo un color!-

-¡Chitón! contesté. -Están aquí-.

-Amigos —dijo Julia— les presento un nuevo amigo muy amable y chistoso. Se llama Paul-.

Bueno, este encuentro fue hace tres años. Ahora Paul es un buen amigo y yo sé bien que aunque tenga una pinta extraña, es buena gente y nosotros tenía mucha cara juzgarle por la apariencia. Francamente, metimos la pata, pero ahora sabemos cómo engañan las apariencias, porque Paul es tan normal como nosotros.

0

La mañana middleburiana

A las seis de la mañana sona mi despertador. El aire que está soplando por la ventana está fresca, no como la oscuridad calurosa de la noche anterior. Mi compañera de cuarto se levanta pronto, mientras que apago el despertador, que me froto los ojos y que me pongo lentes de monturas moradas. Salgo de nuestro cuarto llevando una cesta grande de artículos de tocador y una toalla morada, y cruzo el pasillo al baño. Después de ducharme en una ducha estrecha, me visto en ropa de verano. Mi compañera de cuarto ha puesto un disco de Juanes en su portátil—lo eschucamos mientras que leemos las noticias y nos correos y estudiamos un poco, antes de ir al desayuno.

Al desayuno, en una cafetería grande, escogemos una mesa y entonces busco a comer. Lleno un plato de color vivo con frutas y un bol de cereales, pues traigo mi comida y una taza de café para juntarme con otros hispanohablantes de la escuela de lengua. Cuando salimos para la clase una media hora más tarde, el sol ha empezado a calentar el aire, pero todavía, debajo de los arboles, la hierba continua a ser fresca, y el rocío empapa mis sandalias.

0

La bailarina


Es una chica un poco misteriosa, a quien casi nadie en esta ciudad conoce muy bien. Cuando pregunto en los cafés y en los estudios de baile que frencuenta, la gente me dice que viene de un pueblito oblidado de Nuevo México. Dice también que es de Rumania. También que es peruana. Cuando traté de le preguntar directamente sobre su pasado, un día del otoño mientras que esparábamos a que venga un autobús, ella sonrió y me dijo que se creía ser la niña de una bailaora famosa de España, la cual había muerto a causa de un amor secreto.


Alta y morena, tiene ojos azules subidos y está siempre un poco pálida. En el autobús, lleva capas multiples de camisas, dos suéteres con escotes cortados en gran hemisferios, y una bufanda morada porque después de bailar, es necesario que evite a ponerse enferma. Siempre tiene una bolsa enorme donde guarda sus zapatos y todas las cosas pequeñas que creen juntas una bailarina: la cinta adhesiva, las mallas y los leotardos, los millones de harquillas para su pelo, el maquillaje, las vendas para sus dedos del pie, y una botella de agua.


Todos estos detalles, yo los noté después de la ver bailar por la primera vez. Estaba una mañana de primavera, y asistí por casualidad a la misma clase de ballet a que asistió. El estudio estaba completamente silencioso excepto la música del piano. Ligera y tensa, cruzaró el espacio como agua o viento, sus pies haciendo una pequeña sonida contra el suelo, y un tatuaje pequeño visible en su tobillo como un dibujo animado cuando se volvió.

0

Una pequeña biografía

Soy de Denver, Colorado, donde aprendí las direcciones muy temprano por medio de las montañas al oeste de la ciudad. Enormes, azules o moradas o grises según la luz, y un contraste de elevación con las llanuras de la parte este del estado, las montañas son un poco el ancla de la vida en Denver. Aunque he vivido en Denver casi toda mi vida antes de ir a la universidad, viví también tres años en las montañas cuando era niña, y representen un aspecto de mi identidad a que extraño mucho cuando estoy en la costa este.

Tengo un hermano menor, un aficionado a la música (en particular el rock, el punk, el ska…) que toca guitarra, canta, y está estudiando el teatro. Él ha empezado en la universidad este año, pero cuando estamos en Denver, vivimos en dos casas: con nuestra madre y nuestro padrastro, o con nuestro padre y su novia.

Fui al colegio en Denver, pues fui a Smith College en Massachusetts, donde estudié la literatura, el francés, y un poco de otras cosas diversas, incluso las religiones de India, la coreografía, la teoría postcolonial, etc. Me encanta sobre todo bailar y aprender la historia del baile estadounidense.